jueves, 15 de febrero de 2018

Morir con amor y dignidad

Se puede abrazar desde el corazón con la única intención de sentir el amor o de hacerlo sentir a otra persona. La cercanía de la muerte puede ser un buen momento también.

Todos hemos oído que algunos moribundos "esperan" para morir hasta que llegue el hijo de un viaje para poder despedirse, o esperan a que se casen todos los hijos, pues sienten que sólo podrán irse cuando hayan resuelto sus "pendientes" que los atan a la vida.

Muchos moribundos esperan en vano algo que nunca va a suceder, esto es, escuchar o sentir por parte de sus familiares cercanos cuánto los aman, que se sienten agradecidos por lo que éste pudo darles o hacer por ellos, que podrán seguir en la vida sin él pues cuentan con toda la enseñanza y el ejemplo que éste les dio, etc.

Ello suele ser suficiente para que la persona que va a morir sienta que ya hizo en vida lo que debía hacer y que ahora su destino es irse en paz. En el momento que el ser humano abandona la vida necesita exactamente lo mismo que necesitó cuando llegó a ella, esto es, un abrazo para demostrarle que se le ama y precisamente este amor le dará la fuerza para irse tranquilo.

Cuando llego a visitar a un moribundo, en ocasiones he visto que toda la familia está sentada alrededor de la cama, contemplándolo con tristeza pero sin saber realmente qué hacer ni qué decir. He pensado cómo verá el moribundo a todas esas personas mirándolo al mismo tiempo, pero distantes en un momento en que él necesita sentir la cercanía y el amor.


Cuando pregunto si estarían de acuerdo en darle un abrazo de contención que le permitirá sentir el amor y el permiso para poder irse, con cierta confusión y duda me contestan que sí. De lo que se trata es básicamente de recibir contacto físico, de sentirse abrazado y "contenido", de sentir la calidez y la cercanía del cuerpo del otro. Imaginemos la sensación maravillosa al experimentar esto después de días, meses o años solo en una cama.

En muchas ocasiones pareciera que la persona que va  a morir está solamente esperando que esto suceda, para abandonar su cuerpo e irse una vez que cuenta con la fuerza que el amor le dio.

Dependiendo de cada caso, las posiciones deben adaptarse a la postura de la persona, que generalmente se encuentra acostada en una cama. La persona que abraza podrá sentarse detrás del moribundo con las piernas abiertas para que la parte superior del cuerpo de éste pueda recargarse sobre el pecho de quien lo abraza, que a su vez le extiende sus brazos. Otra postura es tomar simplemente su cabeza y recargarla sobre el pecho de quien lo abraza, que podrá estar sentado junto a él. Por último, se puede abrazar como uno quiera y pueda, ya que ante esta conducta eminentemente humana y natural no hay reglas.

Ese amoroso acto de despedida genera en los familiares sentimientos muy positivos que les ayudan a llevar a cabo el duelo posterior; al respecto reportan que se sienten tranquilos y en paz (incluso felices) de haber podido despedirse de su familiar de esa forma, que también ellos pudieron sentir la fuerza de a relación y del amor que les quedó de esta persona, amor que les ayudará a seguir viviendo sin él o ella.

A propósito de todo esto, aquí les comparto la Declaración de Derechos del Enfermo Terminal (OMS, 1990):

Toda persona, en estado terminal o frente a la muerte, tiene derecho a:
  • Estar libre de dolor.
  • No ser engañado.
  • Obtener una respuesta honesta, cualquiera que sea su pregunta
  • Ser tomado en cuenta para su tratamiento.
  • Obtener la atención de médicos y enfermeras, incluso si los objetivos de curación deben ser cambiados por objetivos de confort.
  • Mantener una esperanza, cualquiera que ésta sea.
  • Ser tratado como persona hasta el momento de su muerte.
  • Conservar su individualidad y no ser juzgado por sus decisiones, que pueden ser contrarias a las creencias de otros.
  • Expresar, a su manera, sus sentimientos y sus emociones, en lo que respecta al acercamiento de su muerte.
  • Recibir ayuda de su familia y para su familia en la aceptación de su muerte.
  • Ser cuidado por personas sensibles y competentes que van a intentar comprender sus necesidades, ayudándole a enfrentar la muerte.
  • Morir en paz y con dignidad.
  • No morir solo.
  • Que su cuerpo sea respetado después de su muerte.

Tomado de:

  1. OMS (1990). Alivio del dolor y tratamiento paliativo del cáncer. Informe del comité de expertos. Ginebra. Serie de informes Técnicos 804. Disponible aquí. (resumido), y el documento oficial extenso aquí.
  2. Rincón, L. (2008). Así fluye el amor. México: Prekop, pp. 143ss

miércoles, 7 de febrero de 2018

Un caso de Encopresis

La Encopresis es la defecación involuntaria que le sobreviene al niño mayor de cuatro años, que ya debería ser capaz de controlarla. Se presenta sobretodo en niños varones (3:1, 10:1).

¿Cómo surge este problema? Luego que el niño ha tenido la posibilidad de satisfacer su necesidad de vinculación simbiótica y alimentaria (lactancia), pasa a una segunda etapa. En esta, nos dice Rincón:

Si los niños pudieran expresarían a sus padres sus necesidades de la siguiente forma: "Como ya cumplí dos años, tengo la madurez para que, con paciencia y tolerancia, me enseñen el manejo de la pipí y el popó, pero sobre todo no me regañen ni me presionen si no lo logro rápidamente como ustedes quieren. Si las cosas empiezan a ir mal, entonces es probable que me tarde mucho, que nuestra relación se deteriore o que tenga recaídas más tarde, con lo cual yo voy a sentirme muy mal."

Estos niños no son sucios; al contrario, muestran interés en los hábitos de limpieza. En ocasiones, esconden la ropa sucia, esperando que la madre no la encuentre (p. 85). [Parece que el mensaje del síntoma dijera: "Estoy sucio, no puedo evitarlo".]

También en esta etapa empieza el niño a manifestar el nacimiento de su yo por medio de los berrinches, se vuelve egocentrado y quiere hacerlo todo solo. Si sus deseos no se cumplen surge la explosión y el drama del berrinche, para demostrar a sus padres  a sí mismo que está naciendo en él la semilla de la fuerza de voluntad, para permitir que se desarrolle, necesita practicar manifestando una voluntad contraria a la de los padres.

Sólo a través de este proceso será capaz de separarse poco a poco de ellos y empezar a construir su identidad del yo (Rincón, p. 221s).

Su incipiente sentido del yo va de la mano con un naciente sentido de poseer algo propio. Las heces son para el niño como algo que él es capaz de producir. Cuando los padres, durante el proceso de enseñarle a usar el bacín, se alegran cuando él defeca, el niño vincula sus deposiciones como un bien que ofrece y es bien recibido. Por todo esto "el síntoma de encopresis tiene que ver con la actitud en la familia respecto a la posesión de dinero, bienes o ropa.

El niño esconde una incapacidad de poseer y mantener sus cosas como propias, ya que el entrenamiento significó para él entregar algo propio bajo regla, orden, exigencia, que -dependiendo del tono emocional de la relación madre-hijo- será vividas por el hijo como la entrega de un regalo maravilloso o como una entrega forzada de algo personal" (Rincón p. 222s)

A un nivel más arcaico, siguiendo la rutas de los códigos biológicos, las heces son el medio para señalar el núcleo del territorio. El no contenerlas implica la necesidad de marcar el territorio de manera compensatoria. ¿Para qué haría esto un niño de cuatro? A esta edad ya debería haberse establecido con claridad la conciencia de la propia identidad, "yo soy yo", que inició a los dos años con la capacidad de decir "no". En los varones esta conciencia implica empezar a identificarse con el padre: "yo soy hombre".

En algunos casos, lastimosamente, el padre no está presente o, si lo está, es como si no estuviera, o la madre lo anula.

Soltar las heces, entonces, viene a ser el intento de proteger mi espacio vital porque no hay padre que me proteja. Aunque la orina (enuresis) también se relaciona, en la encopresis el conflicto es mucho mayor, y es vivido en femenino, pues el niño no ha podido salir de la esfera femenino para salir al encuentro de papá, de lo masculino. Curiosamente se llama "mojón" a las señas puestas en el suelo para marcar los linderos.

La epidemiología muestra que no hay encopresis en mayores de 16 años. Y tiene sentido. Ha esta edad ya estamos afirmando nuestra propia identidad.

Veamos en el siguiente caso (tomado de Rincón, 2009), cómo la madre ayudó a su hijo a superar la encopresis.

"Pedro tenía ocho años y medio y seguía sin controlar su esfínter, haciéndose popó sobre sus pantalones. Su hermano Javier, de cinco años, aún mojaba la cama. La relación de Pedro con su papá era difícil y le tenía miedo. Noté que "se hacía popó" cuando se aproximaba el momento de salir con su papá o cuando venía de estar con él. Un punto importante de su historia era que él no sabía que cuando estaba yo embarazada no estaba segura de quién era su papá y, cuando nació, supe que era el que no vivía con nosotros, sin embargo el papá de Javier le dio su apellido y lo reconoció como su hijo.

Entendí que los niños vivían bajo la amenaza de la violencia y resentimientos acumulados entre sus padres, separados ya hacía varios años, pero aún vinculados de alguna manera por deudas no saldadas. También me di cuenta de que mucho de lo que había pasado tenía como fundamento el enorme "secreto familiar", y que haber tenido que mantenerlo había hecho que mis sentimientos fueran incongruentes con mi realidad. Desde aquí empecé a pensar en el secreto que pendía sobre la vida de mi hijo mayor: que no sabía que no era hijo biológico de su padre legal, a quien él conocía como padre. Tenía bastante sentido que los conflictos en la relación entre ellos, el sentimiento de enojo de Pedro, la impotencia para ganarse su afecto, tuvieran que ver con eso. Pensaba que el secreto debía llevármelo a la tumba, y que eso era lo mejor para el niño. Hasta que comprendí que era necesario revelarlo por el bien de mi hijo.

Mi ex marido no estaba de acuerdo; decía que si Pedro se enteraba iba a ser terrible para él. Me di cuenta de que no sería así. En el momento en que ocurrieron las cosas hice lo mejor que podía hacer, con los recursos de que disponía, ahora mi hijo necesitaba la verdad para entender sus propios sentimientos, para ser libre y dueño de su propia vida. Pedro llevaba toda su vida tratando de ganarse a su papá, quien parecía nunca terminar de aceptarlo, que lo insultaba, le pegaba y hacía claras diferencias en el trato con su hermano.

Como el padre legal, mi ex esposo, no quería que revelase el secreto, tuve que recordar que mi lealtad tenía que ser con mi hijo, yo estaba obligada a decirle a él la verdad. Y eso hice.

Una tarde, mientras se bañaba (ya tenía ocho años y podía entenderlo), le dije que él tenía otro papá, el que lo había engendrado, que antes no se lo había dicho porque no lo huibera podido entender, porque no sabía cómo se hacen los niños, pero que ahora podía entender eso de la biología.

Al principio no dijo nada; seguimos hablando de otras cosas y leyendo cuentos para dormir. Al día siguiente, lo primero que hizo fue contarle a la maestra de la escuela y asumió que su papá era un novio mío inglés del que alguna vez me había oído platicar.

Otro día, camino a la escuela me preguntó: "¿Mi papá era inglés?" Y le dije "No, tu papá no era inglés; es mexicano, vive en la ciudad de México y lo puedes conocer algún día si quieres; él si quiere conocerte a ti". Su respuesta inmediatamente fue: "¡Ahorita!". Le dije que en ese momento tenía que irse a la escuela, pero que en cuanto pudiera yo iba a localizar a Juan (nombre del padre) para decirle que quería conocerlo.

Juan sabía de la existencia de Pedro sólo desde hacía tres años; antes no vivía en la ciudad y nunca supo a ciencia cierta si el niño había nacido o si era suyo. Desde que le dije que era suyo (físicamente son idénticos) se mostró siempre muy interesado en hacer lo que fuera mejor para el niño, en términos de verlo o no, o estar disponible si algo necesitaba.

Por fin llegó el día en que me acompañó a recoger a Pedro al colegio y vino a comer con nosotros a casa. Después se fueron solos a jugar básquet. Se cayeron muy bien, pero al principio no hubo más trato. Juan llamó unas veces más para preguntar por Pedro, quien dijo que le caía bien, pero como papá quería a Armando, su padre legal.

Dos años después, cuando planeábamos ir a vivir fuera de la ciudad de México, Pedro quiso ver a a Juan otra vez; lo llamó y vino a la casa, estuvieron contentos. Se llevan bien, como si se trataran cotidianamente.

Actualmente se comunican por e-mail y aunque no es muy seguido, para Pedro es importante saber que ahí hay alguien con quien puede contar. Su papá Armando no ha vuelto a insultarlo ni golpearlo".

Secretos como la paternidad de un niño no deben mantenerse en la oscuridad ni llevarse a la tumba. Es absolutamente necesario que el hijo conozca su historia, sus orígenes biológicos y, si es posible, al padre mismo. Negarle acceso a esta verdad, que él tiene derecho a saber, podría tener consecuencias trágicas en su vida.

En muchos casos ven al padre solamente una vez y esto es suficiente. No necesita relacionarse con él; simplemente basta que sepa quién es para tener paz en su corazón.

Hasta entonces será el niño capaz de relacionarse libremente con el padre de crianza o esposo de la madre, recibiéndolo como un regalo. Internamente el niño puede sentir hacia él lo siguiente: "Tú tendrás siempre un lugar especial en mi corazón, aunque mi padre es el otro".

Referencia Bibliográfica:
Rincon, L. (2009). El abrazo que lleva al amor. México: Prekop, p. 209-224

lunes, 5 de febrero de 2018

Vivir la propia vida

El amor requiere un orden que lo anteceda
Bert Hellinger  define a la familia como una comunidad de personas unidas por un destino, en las que los miembros pueden en un momento determinado sufrir un enredo inconsciente con otros miembros (de la misma o de otras generaciones anteriores). En dicha comunidad unida por el destino, todos están unidos con todos.

De todos esos miembros los niños son los más vulnerables. La vinculación es la fuerza que une al niño con su grupo de origen, y esto lo hace sin cuestionárselo.

El niño sabe que ahí pertenece y este saber y este vínculo son amor, un amor que yo llamo primitivo o primario [Es un amor ciego, no ve que el resultado puede no ser bueno]. Esta vinculación es tan profunda que el niño incluso está dispuesto a sacrificar su vida y su felicidad por el bien del vínculo, por amor está dispuesto a entregarlo todo, incluso la propia vida y la felicidad, si de esta manera él cree que les irá mejor a los padres y la red familiar. Estos son los hijos que están en la brecha por sus padres y antepasados, que realizan lo que no tenían pensado, expían lo que no hicieron (por ejemplo, entrando a un convento), cargan con aquello de lo que no tienen culpa, o en lugar de sus padres realizan alguna venganza. El orden entre dar y tomar en la familia se ha invertido. Esto suele suceder cuando los padres no tomaron lo suficiente de sus propios padres o de su propia relación de pareja, y pretenden entonces que sus hijos satisfagan sus necesidades emocionales. Los hijos se sienten, por tanto, responsables de cumplir lo que de ellos se espera (2009, p.195s).

Hellinger creó el término el orden en el amor para explicar la importancia de mantener "ordenadas" las relaciones que existen entre los miembros de un sistema familiar.

Según él, hay una fuerza responsable de que el orden se mantenga en las familias, la cual llamó conciencia del clan. Dicha fuerza se encarga de mantener el equilibrio, esto es, cada uno de los miembros debe tener su lugar y nadie ha de quedar excluido o fuera del sistema, ni tampoco aquellos miembros cuya vida o muerte generaron culpa, vergüenza o un profundo dolor en los demás miembros de la familia, como la amante del padre o de la madre, los hijos fuera del matrimonio, las personas que fueron olvidadas porque murieron muy pequeñas o recién nacidas, aquellos que cometieron injusticia, etc.

Cuando la conciencia del clan intenta establecer el equilibrio, suceden cosas incomprensibles, como el que el otro ocupe el lugar de la persona excluida, en cuyo caso no podrá vivir su propia vida y su propio destino, pues vivirá el destino y la vida de dicha persona excluida.


En casos así decimos que la persona está metida en un "enredo sistémico", o sea, sin tener conciencia ni haber elegido ese lugar, su vida estará regida bajo una fuerza interna que revela: "si yo sufro te ayudo". Esto es principio de toda tragedia, pues la persona jamás podrá ayudar a aquel  con el cual está en un "enredo sistémico" o puede suceder también que la persona excluida esté muerta.

Entonces, la persona que no puede vivir su propia vida informa que se deprime, se enferma, no puede disfrutar de su salud, juventud, dinero, felicidad, abandona a su pareja, o es abandonada, no se permite cosechar sus éxitos a nivel profesional, hace deportes peligrosos que rayan con la muerte, ha tenido intentos de suicidio, etc. En muchos casos es evidente que la persona quiere de modo inconsciente "seguir" a la muerte a la persona con quien está enredado sistémicamente. p.89s. 95s)

Dice Hellinger: "Excluimos a los familiares porque les tememos o condenamos, ya sea porque queremos oponernos a su suerte o porque otros, en la familia o la red familiar, se hicieron culpables con ellos sin que la culpa haya sido nombrada, ni tampoco asumida o reparada, o bien que ellos tuvieron que pagar por lo que nosotros tomamos y recibimos, sin que se los hayamos agradecido, o los hayamos valorado por ello.

El vínculo que esta conciencia del clan establece con un grupo es tan trascendental que sentimos como reivindicación y obligación aquello que otros en este mismo grupo sufrieron o causaron y, en consecuencia, nos vemos implicados en culpas ajenas e inocencia ajena, en pensamientos, preocupaciones y sentimientos ajenos, en conflictos ajenos y consecuencias ajenas, en metas ajenas y desenlaces ajenos."

La identificación es lo contrario a la relación. Por medio del amor se crea una relación y el excluido se convierte en una persona respetada, en un amigo, un ángel de la guarda y en una fuente de fuerza. El anteriormente identificado (que era un excluido) se retira una vez que ha sido reconocido y permanece en su propio lugar, en el que le corresponde. De esta manera se recupera el equilibrio y la identificación desaparece. (2009, 198s)

Cuando alguno de los padres perdió su derecho a la pertenencia del sistema familiar, por haber cometido un delito: abuso sexual con violencia, haber intentado seriamente.asesinar a alguien o el haberlo consumado (matar a la propia pareja, al propio padre, etc.), en estos casos el incluir (reconciliarse) no es posible, o es muy difícil y no debe ser forzado.

Tomado de:
Rincón, L. (2008). Así fluye el amor. México: Prekop, pp. 89s. 95s.
Rincón, L. (2009). El abrazo que lleva al amor. México: Prekop, p. 195s. 198s

jueves, 1 de febrero de 2018

Hijos que son padres de sus padres

Hay madres que no pueden plantarse frente a sus hijos como mujeres fuertes y seguras; por tanto, no pueden poner límites, se dejan manipular y chantajear por los hijos, son infantiles y permiten que sus hijos las traten mal. En este caso hablamos de madres sin fuerza interna, lo que es una expresión de su rebelión contra su propia madre; contra el estilo autoritario de ésta, ella se vuelve antiautoritaria y su niño se encarga del equilibrio: él pide límites y provoca agresivamente para obtener claridad. Pero no sólo ocurre eso: en ocasiones los padres se muestran tan débiles y dependientes que los hijos asumen el papel de padres de sus padres, escuchan las confidencias y lamentos de la madre respecto al padre, se sienten obligados a acompañar, proteger, divertir y más adelante mantener a alguno de los padres, sacrificando su libertad, su independencia e incluso a su propia familia cuando son adultos, pues la energía no les alcanza e internamente sienten que sus padres tienen la prioridad en vez de su pareja y sus hijos.


Igualmente hay casos de padres que han perdido a sus padres cuando eran pequeños, por abandono, divorcio o muerte; así, aunque quien acude a consulta no es el padre sino el hijo rebelde, inquieto o agresivo, con su conducta saca a la luz su necesidad de tener un padre presente, participativo y afectuoso. No obstante, ¿cómo puede pedirse al padre que realice sus funciones si perdió el suyo a una edad temprana, si no tuvo un modelo o enseñanza de cómo se comporta un padre?

Dicho hombre podrá ser adulto cuando esté listo para agradecer el regalo de la vida, inclinarse ante el destino difícil de los padres y resolver el tema de sus tristeza profunda. En este caso es necesario acercar a la persona al padre o madre para reconciliarse con ellos y después darles el lugar en su corazón. Hasta entonces el amor fluirá, la fuerza llegará y el padre o la madre podrán por fin ser padres adecuados de sus hijos.

[Sin embargo, a veces el orgullo o el resentimiento es tan grande que] la persona permanece en una actitud rebelde infantil; su corazón quiere a medias pero su cabeza no puede todavía inclinarse. Esa persona necesita más tiempo y más intimidad para trabajar lo pendiente.

Tomado de:
Rincón, L. (2008). Así fluye el amor. México: Prekop, p. 106s

miércoles, 31 de enero de 2018

Caso: Dermatitis o "No se separen"

Las acciones terapéuticas que incluyen una perspectiva sistémica, como las Constelaciones Familiares o la Biodescodificación, muchas veces pueden ejercer un efecto benéfico sin que la persona beneficiada haya estado presente en la sesión, sobre todo si es un hijo pequeño, toda vez que los niños suelen reflejar los conflictos de sus padres en sus enfermedades y dificultades. Rincón cuenta el caso de una niña que presentaba dermatitis en todo el cuerpo. Había iniciado cuando tenía ocho meses (parece que por esas fechas los padres concibieron un segundo hijo). Primero apareció en la panza, luego en la parte posterior de las rodillas y en la parte interior de los codos. Luego se extendió al cuello, brazos, muslos, orejas, espalda y finalmente el rostro.

Alrededor del segundo mes de embarazo la madre había recibido un gran impacto: la amante de su marido la llamó por teléfono para decirle que mantenía una relación con su esposo incluso desde antes que ellos se casaran. Los padres se separaron pero iniciaron procesos terapéuticos, primero en forma individual y luego en pareja. Se volvieron a juntar para cuando nació la niña.

Tras intentar todos los tratamientos convencionales para resolver la dermatitis de la bebé, los padres realizaron una constelación familiar, como parte del plan de la terapia de contención. La niña tendría ya año y medio. La esposa pudo enfrentar, en el contexto simbólico de la terapia, a la amante, dejarla ir y recuperar su lugar como esposa. Luego, al hacer presente a la hija ("la paciente designada") se ubicó entre los padres, como quien trata de mantenerlos unidos, con un miedo tremendo a que se separen. Es el papel del hijo pegamento.

Los padres, a partir de la constelación, pudieron asumir la renovación del compromiso de pareja y de quitarle el peso de la responsabilidad a su hija. Comenta la madre:


"Terminamos nuestra constelación satisfechos y convencidos de lo que habíamos realizado; esa noche llegamos a casa y vimos a nuestra pequeña durmiendo con su carita manchada y esperando que este tipo de terapia ayudara en algo.

Al día siguiente nos levantamos como cualquier día normal, listos para ir a trabajar y llevar a nuestra niña a la guardería Al llegar a su cuarto, Lorena seguía dormida (raro en ella, generalmente se despertaba antes que nosotros); cuando vi su cara tuve la mayor impresión de mi vida: las manchas se habían desvanecido. La niña despertó y la desvestimos para ver el resto de su cuerpo; todavía había manchas pero su carita estaba limpia... Continuó con la terapia de contención. Lorena siguió su proceso médico con una dermatóloga especializada en dermatitis atópica aceptando el tratamiento de inmediato sin llegar a la cortisona, y en dos meses el 90% de su cuerpo estaba curado. Lo que no habíamos podido lograr en un año dos meses se logró en tres meses."

Podemos observar que la enfermedad de su bebé era la amplificación de lo sentido por su madre: sentirse injuriada en el embarazo (inicia en la panza, probablemente activado por el segundo embarazo, como recuerdo condicionado), humillada (rodillas), sentir que se pierde al ser amado (codos, cuello, brazos, muslos), disgusto por lo oído (orejas), sentirse traicionada (espalda) y avergonzada (rostro). Y la palabra clave que envuelve todo: separación, miedo a estar separado. Como ya habían hecho bastante trabajo reparador como pareja antes, la constelación familiar facilitó la disolución final, que debía incluir resolver lo pendiente con la amante y separar a la hija de los asuntos de la pareja.

Referencia Bibliográfica:
Rincón, L. (2008). Así fluye el amor. México: Prekop, cap. 16

sábado, 27 de enero de 2018

Sanar el Aborto

[Nos dice Bert Hellinger:] "Hay situaciones en las que el aborto quizás sea la solución, una que, sin embargo, siempre está ligada a la culpa.

Conozco parejas cuya decisión de abortar respeto. La tomaron conscientemente, aceptando las consecuencias con una actitud de reverencia ante el hijo. Ese hijo no nato aparecía ante ellos como una persona que necesitaba y merecía ser vista. Si la decisión de abortar se toma teniendo presente al hijo no nato, con todo el dolor y toda la culpa que este acto entraña, con la plena conciencia de lo que al hijo se le exige, entonces la decisión provoca un profundo sufrimiento. Este tipo de aborto tiene una cualidad muy diferente. Afecta a los cónyuges durante mucho tiempo, pero también encierra la posibilidad de acercarlos y de profundizar su amor.

Una consecuencia importante de un aborto voluntario es que, por regla general, la relación de pareja termina. Si el aborto voluntario tiene lugar en un matrimonio, frecuentemente se acaba la relación sexual. No siempre tiene que ser así; también hay soluciones, pero si el hecho se tapa y se reprime, muchas veces lo ocasiona.

El aborto voluntario es un caso extremo de tomar y de dar: el hijo lo da todo y los padres lo toman todo. También el padre que no sabía lo tomó todo. Hacérselo saber es un deber con él."

Hellinger, sin embargo, a través de las constelaciones familiares propone la forma de curar la herida que el aborto dejó en los padres.

Esto ocurre simbólicamente. El hijo es representado por una persona del grupo, quien normalmente reporta que en ese lugar que se siente solo, abandonado y expulsado. Los padres se dirigen a él, lo tocan y le dicen palabras desde el fondo de su corazón: "Lo siento mucho; tuve la fuerza para concebirte, pro no para conservarte. Permaneces por siempre mi hijo (a), eres parte de la familia y te doy un lugar en mi corazón." De esta forma el hijo es integrado y admitido en la familia y, viéndose así, es capaz de asentir a su destino.

Todo esto sólo es posible si los padres admiten el dolor. El dolor honra al hijo y lo reconcilia con los padres. Los hijos, por su disposición fundamental, están incluso dispuestos a dar la vida por los padres. Un niño no sujeta la vida a toda costa, ya que la muerte forma parte de la vida. Para nosotros es imposible apreciar cuál será la ganancia y cuál la pérdida en todo esto. Si los padres logran ver y reconocer al hijo como persona, ver que éste entregó su vida, y si consiguen tomarlo como un regalo, llega al final la paz.


Lo que Hellinger propone como ayuda para sanar la herida del aborto en los padres es que durante un tiempo se imaginen llevando a su hijo consigo , para enseñarle el mundo, el kinder, el zoólogico, el supermercado. Después se le percibe como realmente muerto y todo puede acabar en paz.

Sin embargo, la trascedencia de un aborto no termina en los padres, sino que las consecuencias pueden ser también cargadas por los hermanos. La madre será probablemente sobreprotectora con el hijo que sigue ["pequeño tirano"], en un intento por enmendar lo que hizo; igualmente es importante que ella lo lamente para evitar que haya rabia entre los hermanos vivos; todo esto es necesario para liberar a los hermanos que sí existen.

[También un aborto posterior a un hijo vivo puede afectarle a aquel. Veamos un caso:]

Roberto era un niño de siete años que fue traído a consulta por su madre, quien tomó la decisión de abortar al hijo que esperaba después de Roberto. La relación de los padres terminó y acabaron separándose.

Impresiona la forma tan clara en que Roberto proyecta su mundo interno a través de las historias que cuenta en su estudio psicológico. La historia del árbol refleja un salto de su inconsciente, al mencionar en un contexto completamente diferente el aborto realizado por su madre, del cual obviamente él no tenía ningún conocimiento [consciente]:

"El árbol estaba naciendo, unos niños le echaron veneno por eso las manzanas están envenenadas. Había alguien que estaba embarazada. Para que se le cierre la herida que acababa de hacerse para que le saquen al bebé, todos comieron y se murieron; sólo había un soldado y una mujer, ellos cortaron el árbol, se comieron la manzana, la escupieron y sobrevivieron. La mujer se comió una y se hizo hechicera, les dio veneno a todos y ya no había nadie en el mundo. Nació otro árbol, lo cortó y explotó la Tierra."

Los secretos son muy perjudiciales en una familia, sobre todo los que tienen que ver con el hecho de excluir o a sacar a alguien del sistema familiar negándole el lugar que le corresponde en el corazón de los familiares. Solamente puede ser secreto lo que una pareja guarda entre sí, como por ejemplo su sexualidad o un aborto. Esto pertenece solamente a la pareja y a nadie más, los [niños]* no deben saberlo.
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* En el original dice "los hijos", pero en nuestra experiencia clínica, el que un adulto conflictuado puede tener información sobre las pérdidas y abortos suele serle útil para comprender ciertas vivencias y hacer duelos pendientes, desde la actitud de no juicio. En cambio "los niños" no deben saberlo, puesto que debido a su edad y a su nivel de comprensión les acarrearía una carga extra innecesaria. En este caso son los padres a quienes les corresponde la carga, la responsabilidad y la solución de lo que esté afectando a los miembros de la familia. (Nota propia. WOM).

Tomado de:
Rincón, L. (2009). El abrazo que lleva al amor. México: Prekop, pp. 200-203. 224.

viernes, 26 de enero de 2018

El Secreto de mi odio a los hombres

Mi problema de muchos años ha sido mi relación de pareja: después de 30 años de casados seguíamos peleando por cosas sin importancia; además del enojo y resentimiento hacia los hombres que nunca había sabido de donde venía. Evidentemente, este enojo al primero que se lo canalizo es a mi esposo.

Hace algún tiempo me decidí a ponerme en contacto con mi niña interna, y mi sensación es de ir encontrando poco a poco las piezas que me faltaban del rompecabezas de mi biografía. Esta es parte de mi historia:

Lety era una niña que vivía con sus hermanos y sus padres en una finca de café a 600 kms de la ciudad de Bogotá, en Colombia.

Su vida era feliz pero desgraciadamente esta felicidad se acabó un día, ya que su madre decidió que sus hijos no estaban recibiendo una adecuada educación.

Como es lo habitual, a los hijos no se les pide su opinión y entonces llegó el funesto día en que la madre y los hijos se fueron de la finca a la ciudad, dejando al padre solo en aquella inmensa casa.

Lety sufrió mucho cuando esto sucedió. Y llevó a cabo un juramento secreto dentro de su corazón. Este juramento decía: "papá, yo volveré toda la vida a este lugar para estar contigo, porque yo no te abandonaré a ti ni a nadie". Por ello los momentos de felicidad absoluta y plenitud para Lety eran los días de vacaciones cuando la familia regresaba a la finca cafetalera, donde el padre los esperaba con alegría.

Alrededor de sus 12 años, sucedió un evento que marcaría también en forma decisiva la personalidad de Lety: la madre, que llevaba  muchos años sola entregada a sus hijos, se encontró con un abogado que más tarde se convertiría en su amante.


Poco a poco lo fue acercando a los hijos y éste, que en realidad era una buena persona, se los conquistó. Los hijos lo querían, pues hacía cosas para ellos como un padre, el padre que los hijos habían dejado de tener hacía muchos años.

Para toda la familia, la situación era "normal" y ninguno delató a la madre. Todos le fueron leales y, por lo tanto, el padre no supo de esto hasta muchos años después que lo descubrió él solo.

Este triángulo, en el que el padre, la madre y el amante participaron y que fue vivido por los hijos como algo "normal", comenzó a generar enojo en el corazón de Lety, pero sobre todo enojo hacia los hombres: a uno por "aprovechado" y a otro por no haber querido darse cuenta de lo que estaba sucediendo.

Una vez más Lety guardaba un sentimiento en el corazón en la parte que corresponde a "hombres", que le daría problemas más adelante en sus relaciones con éstos; sentía coraje y desarrolló un especie de superioridad hacia ellos, quería castigarlos.

Un día entendió por qué estaba tan enojada con su esposo: ella había depositado en él todo el enojo que estos primeros hombres de su vida le ocasionaron.

Le quedó además claro por qué había tenido una actitud de indiferencia, altanería y hasta desprecio hacia ellos. Otro juramento secreto que se hizo de chica fue: "nunca lloraré ni sentiré tristeza por ninguno de ustedes" y, en efecto, en su vida adulta se dio cuenta de que había cumplido su juramento.

Ahora Lety va mejorando. Con su esposo está mejor, cuida de su niña interna, ya no teme a la intimidad.

Versión libre de:
Rincón, L. (2008). Así fluye el amor. México. Prekop. cap. 12